Declaratoria

DECLARATORIA

Se me ha preguntado qué es el Comando Colibrí y, tal vez, yo no sea la más adecuada para dar una respuesta. Sin embargo, diré algo sencillo. El Comando Colibrí es el brazo armado del feminismo latinoamericano decolonial. Pero nuestras armas no son las de fuego, sino las de aire y las de carne. Hace mucho tiempo, el poeta del siglo de oro español Lope de Vega dijo: las palabras de mujer se las lleva el viento. Una idea que le hizo mucho ruido a Sor Juana Inés de la Cruz. Y si esto es así, entonces, tendremos que trabajar con el viento, pero también con las palabras. Así pues, sí, trabajamos con las palabras, con el arte, con la cultura, con el mundo simbólico, con las nubes, con la tierra, con el agua, con el aire. Ahora bien, nuestro trabajo no es algo diferente a inventarnos formas para crear problemas e imaginamos siempre las estrategias más perfectas para meternos en ellos. Y sí que nos hemos metido en problemas. Recuerdo, por dar un ejemplo, la tarde aquella en que le pusimos un tutu color rosa a la estatua del libertador Simón Bolívar, en Bogotá, y la policía nos correteó. También, solemos distribuir manzanas envenenadas entre las princesas. Realmente el veneno no es suficiente como para hacerle daño a un mosco, pero sí para causar una diarrea espantosa. Y es que para nosotras no hay una imagen más poética que la de Blanca Nieves toda cagada. Sí, nuestra política es grosera, porque nuestra rabia no tiene poesía. Entonces, nuestra política, si es que existe tal cosa, es el sabotaje. Y no, no creamos nada original, sólo usamos las palabras que nos son útiles y que vienen de todas partes. A esto se le ha llamado plagio, nosotras lo llamamos: resignificación.

Como comando guerrilla, nosotras no queremos los mediocres derechos de los hombres, ni su hipócrita tolerancia, ni su débil respeto, queremos dinamitarlo todo: al estado, al capital, al racismo, a la colonialidad, a la familia, a las religiones opresivas, a las transnacionales, a los transgénicos, a los bancos, a las ideas de que la mujer es ante todo madre, a la sexualidad como dispositivo, a la heterosexualidad como norma. Ni dios, ni estado, ni partido, ni marido. Nuestra demanda es una y sólo una: construir las condiciones de posibilidad de una esperanza de utopía, aquí, en el Abya Yala. Resistimos como mujeres, pero algunas queremos resistir como monstruos: seres cuya capacidad de seducción, como dice Itziar Ziga sobre las perras, es igual o superior a su terrible inteligencia. En esta instancia, es obvio que somos feministas. Feministas de las cabronas, no de las buenas. Una feminista es un monstruo que lucha por un mundo donde quepan muchos mundos y donde la humanidad no sea sinónimo de devastación, donde las vaginas no signifiquen lo que ahora y la menstruación no sea condición de subalternidad. El Comando Colibrí somos todas y es ninguna. Estamos en todas las selvas, todos los desiertos, todas las cordilleras, todas las ciudades, todos los campos donde quiera que el patriarcado se haya asentado. Somos monstruos, si, pero el comando es promiscuo, exagerado y espectacular. Entonces, somos coalición, por afinidad, de perras, lobas, colibrís, delfines rosados, alienígenas, putas pagas y no pagas, lesbianas, brujas, vampiras, niñas raras, no-mujeres, indígenas, esclavas, malinches, lloronas, cyborgs, campesinas, mestizas y demás figuras de circo.

Ahora bien, el comando está furioso, porque la violencia física, simbólica, económica, síquica, contra nuestras hermanas es tanta y tan fuerte, que nos están exterminando a todas, aquí, en nuestro hogar. Por eso, hemos adoptado una consigna que nació con sangre: “Si tocan a una, nos tocan a todas”. En ese sentido, como comando guerrillero, debemos aprender a defendernos con el cuerpo, porque nuestras armas también son las de carne. Por eso, para el comando es fundamental formar a sus subcomandantas en autodefensa, manejo de cuchillos y de armas de fuego. No entendemos bien, como verán, en qué momento se unió el pacifismo con el feminismo. Y no, no vamos a matar a nadie, porque hemos hecho una revolución sin disparar una sola arma. Hablamos de defensa, nunca de ataque. Pero si un cabrón intenta violarme o matarme por el simple hecho de “parecer” mujer, entonces yo ya no seré una cachorra asustada, sino una perra enfurecida y le mostraré de qué materia esta hecho el infierno. Hoy tenemos una sola escuela de formación, mañana, de nuevo, estaremos en todas partes.

Aún queda una esperanza. No puedo concluir sin decir que el Comando Colibrí es, ante todo, una aventura colectiva, un desordenar lo que sabemos, lo que creemos saber, lo que sentimos, de cómo nos construimos y de lo que deseamos. Una forma de desparender la colonialidad de género, para reaprender a estirar las alas y a recibir el sol en el rostro y a la luna en el vientre. Sí, hacemos nuestra la historia de la colonialidad, de cómo las esclavas y las indígenas fueron violentadas, de cómo fuimos construidas como objetos, como animales de carga, pero nunca como humanas y, desde ahí, nos construimos otras. Y lo hacemos porque una cosa es cierta, frente a las diferentes formas de discriminación, de silenciamiento, de disciplina, de colonialidad, en nuestro mundo hecho por varios mundos: la resistencia será feminista y decolonial o no será. ¿Cuál es la promesa del Comando Colibrí? Una sola: la lucha continua, no importa la latitud, no importa las circunstancias, no importa el nivel de violencia: estamos aquí. Nos tomaremos el cielo por asalto, pero también la tierra. Vamos a traicionar la cultura, porque la cultura nos ha traicionado, como nos lo enseñó Gloria Anzaldúa. ¿A dónde nos llevara todo esto? No sé, porque además yo no he venido a decir cómo va a acabar todo esto, sino cómo va a empezar. Voy a enseñarles a todas lo que ellos no quieren que veamos. Les enseñaré un mundo sin reglas y sin controles, sin limites ni fronteras. Un mundo donde mi vagina no signifique nada, donde no se intercambie a las mujeres, donde no exista el Paraíso y el Edipo no funcione, donde con quien haga el amor y cómo lo haga no se de por sentado. Un mundo donde sea más fácil conseguir un vaso de agua que un arma de fuego. Un mundo donde quepan muchos mundos. Un mundo donde pueda decir, con amor: “por ti”. Un mundo donde cualquier cosa sea posible. Lo que hagamos después es una decisión que dejo en sus manos. ¿A cuál comando perteneces?